No toda consulta es democrática
La ironía es que con ejercicios como una consulta que carece de fines prácticos para decantarse por lo propagandístico, la 4T demuestra lo alejada que está de la democracia, por: Ángel Dorrego
Este domingo 1 de agosto se realizará la votación de la consulta que, después de un largo andar en nombres, se resume en determinar si es la voluntad del pueblo que se juzgue a los expresidentes por presuntos delitos cometidos durante su gestión. La cuestión fue planteada presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, quien dijo desde el principio de su sexenio que no era su intención hacer una cacería de brujas, ya que su fuerte no es la venganza, pero actuaría en contra de ellos sólo si el pueblo se lo pide. Esto lo dejó en la posición estratégica de no tener que resolver la cuestión en el corto plazo, pero utilizarlo como medio de amenaza en caso de que alguno de los exmandatarios incomodara sus actividades. Entones su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) inició el proceso que, al fin, terminará este domingo.
Como en todo movimiento, hay gente con entusiasmo bien intencionado que ven en este ejercicio la posibilidad de que el pueblo manifieste en su voluntad la animadversión por aquellos que abusaron de su cargo. Una reivindicación de la víctima por encima de los poderosos. Todo eso es una idea atractiva en nuestras condiciones actuales, pero adolece de verdad en absoluto. Simple y sencillamente no es cierto. Empecemos por la voluntad del pueblo.
El término pueblo era el calificativo medieval para todos aquellos que no pertenecían al linaje real o al clero, o sea los plebeyos en general. Con la subsecuente disminución y caída de los gobiernos monárquicos después de la Revolución Francesa, predominan las repúblicas, compuestas por ciudadanos iguales ante la ley. O sea, la organización republicana, que no tardó en adoptar regímenes democráticos. Pero el término pueblo se siguió ocupando para tratar de comprehender a los más desfavorecidos o a los que se identifican con ellos. Dejo de ser una categoría para convertirse en un calificativo. Es por eso que aquel que dice que habla por el pueblo es un potencial tirano, porque en un mundo de ciudadanos nadie habla todo el tiempo por todos.
Así que el ejercicio, en sí, no recogerá la voluntad popular, sino la intención de un sector muy focalizado del electorado, que es el único animado para participar. No sorprendería que el resultado fuese un sí abrumador en una participación simbólica. Y no es que preguntar a través de consultas a los ciudadanos su opinión acerca de algún asunto del interés público. Lo que hace el ejercicio fútil es que en realidad sólo se le está solicitando al presidente que cumpla con la ley. Básicamente su trabajo. Aunque la intención política de la consulta esté dirigida a reafirmar la idea en el electorado de que el pasado neoliberal está presente, en el fondo sólo se trata de convencer al ejecutivo de que realice lo que cualquier día de su mandato pudo iniciar. No es el interés público, sino el clamor popular el que interesa, ganar la legitimidad en la opinión masiva.
Y es que al presidente le gusta mucho el concepto de legitimidad, el cual, si bien basa en el clásico de Max Weber, lo interpreta de forma bastante particular. En términos muy burdos, la legitimidad es la aceptación en un cuerpo social de determinada acción o evento debido a que cumple con los valores que dicha sociedad ostenta. Es lo más común que la legitimidad se apoye de la legalidad, pero no siempre es así. López Obrador vive en esa excepción, ya que desde hace mucho ha manejado su carrera política con suma atención a la primera en detrimento de la segunda.
Lo más deplorable de esta situación es que el gobierno está apostando muchas energías en mantener la legitimidad del gobierno, la mayor parte de las veces impactándose en contra de la legalidad. Un país con la cantidad de rezagos inmediatos como los que tenemos no gana nada en seguir gastando tiempo y recursos en ejercicios que en realidad no van a dejar más que mover una ficha en el ajedrez de la consolidación de la cuarta transformación.
En la incesante búsqueda de la legitimidad que les permita seguir adelante, han estirado la legalidad hasta romper varios de sus tejidos, pero la ironía es que con ejercicios como una consulta que carece de fines prácticos para decantarse por lo propagandístico, sólo demuestran lo alejados que están de la democracia.
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No toda consulta es democrática. Por Ángel Dorrego
Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
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