
Suicidio: ¿Qué hacemos con lo que sabemos?
Suicidio: ¿Qué hacemos con lo que sabemos?
”Reconocer” Por: Luisa Leticia Pérez Medina
Martes 22 septiembre, 2026
A lo largo de este mes hemos presentado datos estadísticos sobre el comportamiento del suicidio, hacerlo ha buscado llevar el tema a la conversación de manera respetuosa, tratando de entender qué nos dicen los números pero también reconociendo aquello que no pueden explicarnos; la semana pasada los separamos por edad y sexo y encontramos diferencias importantes, ahora quiero detenerme solamente en lo que ocurre entre mujeres y hombres, porque hasta este momento habíamos mirado principalmente a quienes murieron por suicidio y todavía faltaba una parte importante de esta historia: las personas que alguna vez han pensado en suicidarse y aquellas que han realizado un intento.
Ideación, intento y muerte por suicidio están relacionados, pero no significan lo mismo, porque pensar en suicidarse no significa necesariamente realizar un intento, así como haber realizado un intento tampoco significa que una persona inevitablemente morirá por suicidio; no estamos frente a tres momentos obligatorios de una misma historia, sino ante experiencias diferentes y distinguirlas nos permite mirar con mayor claridad lo que los datos están diciendo.
Cuando separamos esta información por sexo aparece una diferencia importante. ENSANUT encontró que las mujeres reportaron con mayor frecuencia pensamientos e intentos suicidas que los hombres; por ejemplo, la ideación alguna vez en la vida alcanzó 10.2 % entre las mujeres adolescentes y 9.1 % entre las mujeres adultas, mientras que en los intentos la prevalencia entre las mujeres adolescentes fue de 10.1 %, frente a 3 % entre los hombres adolescentes, y entre los adultos fue de 4.5 % en las mujeres frente a 2.4 % en los hombres.
Es importante hablar de lo que las personas reportaron, porque estos datos provienen de una encuesta y dependen de experiencias que las propias personas recuerdan y comunican, algo especialmente relevante cuando se pregunta por un tema tan sensible.
Cuando dejamos de observar quién ha pensado en suicidarse o quién ha realizado un intento y miramos las defunciones aparece un patrón diferente. Durante 2024, INEGI registró en México 9,051 defunciones por suicidio: 7,296 correspondieron a hombres y 1,752 a mujeres, además de tres casos en los que el sexo no fue especificado; dicho de una manera más sencilla, aproximadamente 81 de cada 100 muertes correspondieron a hombres y 19 a mujeres, una diferencia que también aparece en las tasas, con 11.2 muertes por cada 100 mil hombres frente a 2.6 por cada 100 mil mujeres.
Al colocar ambos datos frente a frente aparece una diferencia que merece atención: cuando observamos quién reportó haber pensado en suicidarse o haber realizado un intento, las mujeres aparecen con mayor frecuencia; cuando contamos las muertes por suicidio, los hombres aparecen mucho más. No estamos siguiendo a las mismas personas ni comparando mediciones equivalentes, porque ENSANUT recoge experiencias reportadas mediante una encuesta, mientras que INEGI registra defunciones; poner ambos datos frente a frente no busca establecer una secuencia ni explicar por qué ocurre esta diferencia, sino mostrar que ideación, intento y muerte nos permiten observar partes distintas de un mismo problema.
Entonces, ¿por qué ocurre? Los números que tenemos no alcanzan para responderlo, porque detrás pueden intervenir múltiples factores personales, sociales, culturales y contextuales que requieren otras investigaciones; los datos pueden mostrarnos una parte del comportamiento del fenómeno, pero no explicar por sí solos las circunstancias de cada persona ni las razones de estas diferencias, y quizá aprender a investigar también significa permitir que los números nos digan lo que pueden decir sin obligarlos a responder aquello que todavía no sabemos.
También necesitamos cuidar lo que hacemos con esta información, porque conocer estadísticas no significa aprender a vivir buscando señales en nuestros hijos, parejas, amigos, alumnos o compañeros de trabajo, mucho menos significa que después de una muerte alguien tenga que regresar mentalmente a cada conversación tratando de encontrar aquello que supuestamente no vio; no todo sufrimiento es visible y no todas las personas expresan lo que están viviendo, por eso sensibilizarnos tendría que acercarnos a la escucha y a la comprensión, no a la vigilancia, el juicio o la culpa.
Esta semana, en clase de Psicología Social, el profesor Roberto Mantilla dejó una pregunta que siguió acompañándome después de salir del salón: “Esta investigación, ¿para qué le sirve a todo lo que no soy yo?” Me gustó porque de pronto puso en palabras el sentido de algo que hemos intentado hacer durante estas semanas en RECONOCER: investigar no tendría que terminar cuando encontramos el dato correcto, conseguimos una fuente confiable o logramos explicar una tabla, tendría que comenzar a tener sentido cuando aquello que aprendimos sale de nosotros y puede servirle a alguien más.

Entonces, ¿para qué hacemos esta investigación?
No para recordar dentro de seis meses cuántos hombres o cuántas mujeres aparecieron en una tabla; la hacemos para que alguien pueda comprender que ideación, intento y muerte no significan lo mismo, para que quien escuche a otra persona decir que ha pensado en morir pueda recibir esas palabras con menos juicio, para que las familias no conviertan el conocimiento en culpa buscando retrospectivamente aquello que “debieron haber visto”.
Para que las escuelas y los espacios de trabajo entiendan que también forman parte de los lugares donde transcurre nuestra vida y para que las instituciones puedan mirar los datos no solamente como cifras que se reportan cada año, sino como información que tendría que ayudarnos a construir mejores formas de prevención, atención y acompañamiento.
Quizá para eso sirve investigar: para que lo que aprendemos no termine en nosotros, para mirar una realidad que antes parecía distante y comprender que las personas de las que hablan estas estadísticas estudian, trabajan, forman familias, tienen amigos, hacen planes y transcurren entre nosotros; conocer un problema no significa tener todas las respuestas, pero sí nos quita la posibilidad de seguir mirándolo como si siempre ocurriera en otro lugar y a otras personas.
Los números terminan en una estadística, pero las vidas transcurren entre nosotros.
Septiembre está por terminar y con él llegamos también a la última parte de este recorrido; después de varias semanas contando, comparando y tratando de comprender lo que los datos nos permiten mirar, quizá la pregunta ya no sea solamente ¿Qué sabemos sobre el suicidio?, sino ¿Qué hacemos con aquello que ahora sabemos?
¿Qué hacemos, como personas y como sociedad, con lo que ahora sabemos?
“Reconocer”
Mtra. Luisa Leticia Pérez Medina, profesora en ICATEQ, plantel San Juan del Río, Querétaro, Desde la frontera entre pantallas y cuerpos, entre aulas y redes, entreteje los hilos de la tecnología y la sociedad con la fe de dejar, en cada lector, una chispa de reflexión sobre cómo habitamos el internet.
Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión del Portal que lo replica y pueden o no, coincidir con las de los miembros del equipo de trabajo de Okey Querétaro., quienes compartimos la libertad de expresión y la diversidad de opiniones compartiendo líneas de expertos.
Qué hacemos, Qué hacemos, Qué hacemos, Qué hacemos, Qué hacemos, Qué hacemos, Qué hacemos, Qué hacemos,


“Reconocer”