Opinión

La alcoba del tercer piso

 

La alcoba del tercer piso

Por Luttin

En el tercer piso
se abre la ventana,
entra el tiempo de puntitas,
acariciando las paredes y
a los fantasmas de la memoria,
que parece dormida a ratos.

El buró, guardador de recuerdos,
espejo del silencio ensordecedor,
donde se caya lo que nadie pregunta,
los secretos, los murmullos, y así, las
fotografías envejecen leyendo
cartas que perdieron su destino
entre el polvo y el olvido.

Portada-Web-Noviembre

Los oleajes de las cortinas,
besos fugaces de un atardecer,
donde se dibujan sombras sobre el suelo,
mientras el tiempo corre,
descalzo, buscando ventanas
por donde escapar de sí mismo,
o para atrapar paredes.

En el tercer piso,
la paloma lleva recuerdos al sol,
uno a uno,
como pequeñas ofrendas
de una vida que se resiste
a quedarse encerrada.

Afuera, la ciudad respira,
los árboles conversan con el viento,
haciéndoles piruetas a las hojas, riendo
en voz susurrante.

Todo comenzó
abriendo la ventana
para huir, para fugar el aliento.
Para huir de las horas detenidas,
de las sombras que nunca llegaron,
de aquella fotografía
donde se conocen las ausencias.

En esa, la alcoba del tercer piso,
se conservan los pasos, se aprisiona
las sombras y el tenue
perfume de mil noches.

En el tercer piso
se viaja con el vaivén de telas
que condiciona los susurros de la ventana
Pero nada permanece intacto.
Ni la luz sobre la almohada,
ni el eco del viento,
cuando aprende a
convertirse en recuerdo.

Y mientras la tarde se deshace
en el último destello, en el último suspiro,
la ventana permanece abierta, con
las cortinas extendidas queriéndose colar
al destello.

Quizá la paloma regrese,
quizá el viento se la lleve,
quizá mañana alguien descubra
que en esta habitación vacía
nunca se trató de escapar,
sino de encontrar una salida,
y de ser como el viento.

Todo comenzó
abriendo la ventana
para huir.

Por Luttin

La alcoba

 

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