
Festejos que terminan en tragedia. La Carreta
Festejos que terminan en tragedia. “De la euforia al hospital, 20 lesionados por celebrar el triunfo de la Selección, como si fuera más importante que la vida”
La Carreta por *Eréndira Karina Córdoba
Viernes 26 de junio del 2026
La victoria de la Selección Mexicana frente a Chequia desató la euforia en calles y plazas. En Cabo San Lucas, Baja California Sur, esa alegría se transformó en caos; un vehículo arrolló a decenas de personas que celebraban el triunfo. El saldo preliminar es de al menos 20 lesionados, algunos de gravedad. El responsable fue detenido y puesto a disposición de las autoridades.
La Selección Mexicana representa ilusión y orgullo, pero la manera en que algunos celebran raya en la irresponsabilidad. ¿De verdad podemos darnos el lujo de perder el sentido común por un partido de fútbol, cuando el país está marcado por violencia, impunidad y crisis social?
La gente que se “aloca” en las calles como si el triunfo deportivo fuera más importante que la vida misma, refleja una evasión peligrosa; se celebra un gol mientras se ignoran los hospitales saturados, los desaparecidos, los feminicidios y la inseguridad cotidiana. El festejo desbordado es síntoma de un país que se aferra a la ilusión futbolera porque no encuentra motivos reales para celebrar en su día a día.
El contraste es brutal ya que mientras el país se congratula con un «pase», la realidad nos recuerda que la fiesta puede convertirse en tragedia por la falta de control, prevención y cultura vial. No es la primera vez que los festejos deportivos derivan en accidentes, y tampoco será la última si las autoridades siguen reaccionando tarde y sin protocolos claros.
La Selección Mexicana representa ilusión y orgullo, pero los festejos no deberían convertirse en un riesgo mortal. El Estado tiene la obligación de garantizar seguridad en eventos masivos, si, por supuesto, pero la ciudadanía debe asumir que la celebración no justifica la imprudencia y que además un elemento policiaco no va a tomarlo de la mano para resguardar su integridad.
La lectura crítica de quienes celebran en las calles el triunfo de la Selección Mexicana no puede reducirse a un “fanatismo futbolero” superficial; es un fenómeno social que revela carencias más profundas.
Analicemos un poco el perfil de quienes se desbordan en festejos, comencemos por el nivel socioeconómico, aquí predominan sectores populares y medios, donde el fútbol funciona como válvula de escape frente a la precariedad cotidiana. La calle se convierte en escenario porque no hay otros espacios de celebración accesibles.
En cuanto al nivel cultural, no es tanto una cuestión de educación formal, sino de una cultura nacional que ha colocado al fútbol como símbolo de identidad y orgullo colectivo, incluso por encima de logros sociales o políticos.
Sumemos el vacío emocional, la euforia desmedida refleja una necesidad de pertenencia y de alegría compartida en un país marcado por violencia, desigualdad y falta de esperanza. El gol se convierte en sustituto de victorias que no llegan en justicia, seguridad o bienestar.
No podemos omitir las carencias sociales, ya que la celebración desbordada muestra un México que carece de motivos reales para festejar, cegándonos de ver calles con baches, inseguridad, extorsiones e impunidad. Ante esa realidad, el triunfo deportivo se magnifica como si fuera un milagro.
Si sumamos que los gobiernos Federal, estatales y municipales, se cuelgan del llamado a «ven a vivir la fiesta futbolera, habrá música, show y algarabía», en vez de cumplir con sus obligaciones; lo que nos lleva a una reflexión, ¿qué pasaría si eso que gastan del erario «para festejar el futbol», mejor se destinara a reparar calles, a surtir medicamentos, a cuidar carreteras, etc?, pero como reza la frase… al pueblo pan y circo.
Por que por supuesto que el pase de México merece alegría, sí, pero también exige responsabilidad. Porque un triunfo deportivo no puede terminar con familias en hospitales y calles convertidas en escenas de emergencia.

Quien brinca “como simio” en la calle no lo hace solo por el gol, lo hace porque necesita un instante de ilusión en medio de un país que le niega certezas. El problema no es la alegría, sino la desproporción, se celebra un pase de fútbol como si fuera la redención nacional, mientras se ignoran las tragedias diarias.
La Selección Mexicana se convierte en un espejo incómodo, muestra un pueblo que busca identidad en la cancha porque no la encuentra en la justicia, en la política ni en la seguridad. La fiesta futbolera es la anestesia de un país que sangra, pero que prefiere gritar “gol” antes que exigir rendición de cuentas.
Celebrar sin conciencia es otra forma de negar la realidad en un país que necesita victorias en justicia, seguridad y dignidad, no solo en la cancha.
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