Espectaculos

Hace 31 años la historia de Christopher Reeve frenó de golpe

Hace 31 años, un accidente en una competición de equitación en Virginia selló el destino del actor que era el rostro de Superman. El amor de su esposa y la historia de un activista decidido a cambiar el mundo para miles de personas.

El 27 de mayo de 1995, un sábado de primavera en Culpeper, Virginia, Estados Unidos, el caballo Eastern Express frenó de golpe ante un obstáculo durante una competencia de equitación. El actor Christopher Reeve salió despedido, cayó de cabeza y quedó inconsciente. Lo reanimaron con respiración boca a boca en el lugar. Tenía 42 años y era, para millones de personas, la encarnación cinematográfica de Superman.

El neurocirujano John A. Jane, que lo atendió en el hospital, confirmó fracturas en las vértebras cervicales C1 y C2, ubicadas en la base del cráneo. La médula espinal no quedó completamente seccionada, pero sufrió una hemorragia grave que dañó las fibras nerviosas que transmiten señales del cerebro a los músculos. El resultado fue tetraplejía completa: parálisis total desde el cuello hacia abajo e incapacidad para respirar sin asistencia mecánica.

Los médicos lo clasificaron con grado A en la escala de la Asociación Americana de Lesiones Medulares (ASIA), la categoría más grave. En ese momento había unas 400.000 personas con lesiones similares en Estados Unidos y otras 40.000 en el Reino Unido. La diferencia era que ninguna de ellas era Superman.

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Christopher D’Olier Reeve nació el 25 de septiembre de 1952 en Manhattan, Nueva York. Sus padres —Barbara Pitney Lamb, periodista, y Franklin D’Olier Reeve, profesor universitario y escritor— se divorciaron cuando él tenía tres años. Barbara asumió la crianza de Christopher y su hermano menor, Benjamin, en Princeton, Nueva Jersey.

Desde chico tocaba el piano, actuaba en obras escolares y practicaba hockey sobre hielo, béisbol y fútbol. A los 15 años consiguió su primer trabajo como aprendiz en el Williamstown Theatre Festival. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Cornell, se graduó en 1974 y obtuvo una beca para formarse en la Juilliard School de Nueva York, donde en 1973 él y Robin Williams fueron seleccionados entre cientos de aspirantes para integrar el Programa Avanzado de Formación en Interpretación dirigido por John Houseman. Esa selección fue el inicio de una amistad entre ambos actores que duró el resto de sus vidas.

En 1976 Reeve debutó en Broadway junto a Katharine Hepburn en la obra A Matter of Gravity. Sus créditos teatrales incluyeron producciones en Broadway y el West End londinense. En cine, además de las cuatro películas de Superman —la primera dirigida por Richard Donner y estrenada en diciembre de 1978—, actuó en Deathtrap, Somewhere in Time, The Bostonians, Street Smart, Noises Off y The Remains of the Day, nominada al Oscar.

Fuera del escenario era piloto —realizó dos travesías transatlánticas en soledad— y practicaba esquí, vela, buceo, tenis y canotaje. Recién en 1985 comenzó a montar a caballo. Para 1989 ya competía en salto de cross-country.

Conoció a su esposa Dana en 1987 en Williamstown, donde la vio actuar en un cabaret. Se casaron el 11 de abril de 1992 y tuvieron un hijo, Will, nacido el 7 de junio de ese año. Reeve también tenía dos hijos de una relación anterior con Gae Exton: Matthew, nacido en 1979, y Alexandra, nacida en 1983, ambos en Londres.

Cuando Reeve recuperó la conciencia en el hospital, luego del accidente, estaba intubado e inmóvil. Intentó mover un dedo, un pie, cualquier parte del cuerpo. No pudo. En su autobiografía Still Me, publicada por Random House, en 1998, describió lo que sintió al recibir el diagnóstico definitivo: “Quería que me desconectaran. No veía ningún sentido en seguir viviendo así”.

Según el BMJ, revista médica británica, Dana resistió la sugerencia de Reeve de que lo “dejaran ir” y lo persuadió de darle otros dos años a la vida. En el documental Super/Man: The Christopher Reeve Story, el propio Reeve recordó haber pensado: “Arruiné mi vida y la de todos. No voy a poder esquiar, navegar, tirarle una pelota a Will. No voy a poder hacer el amor con Dana. Quizás deberíamos dejarme ir”. Y luego citó las palabras de Dana que lo detuvieron: “Seguís siendo vos. Y te amo”.

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En Still Me escribió sobre el peso de esas palabras: “Cuando Dana me susurró esas palabras que me salvaron la vida, ‘Seguís siendo vos. Y te amo’, significaron para mí mucho más que una declaración personal de fe y compromiso. En cierto sentido, fue una afirmación de que el matrimonio y la familia estaban en el centro de todo, y si ambos estaban intactos, tu universo también lo estaba”.

Las primeras semanas no pudo hablar por el tubo traqueal y se comunicó con el movimiento de los ojos y teclados especiales. Más adelante, una válvula adaptada al respirador le permitió recuperar parcialmente el habla. Con el tiempo incorporó computadoras controladas por voz y seguimiento ocular para escribir y dar conferencias.

Durante su internación en el Instituto de Rehabilitación Kessler, Reeve documentó sus progresos y sus frustraciones. “No pedí ser un modelo. Pero si mi lucha podía servirle a otros, entonces debía intentarlo”, escribió en Still Me.

Tras un programa intensivo de fisioterapia avanzó del grado A al grado C en la escala ASIA: recuperó sensibilidad al tacto y al pinchazo, y obtuvo algo de movimiento muscular. Ese progreso desafió la creencia médica de que cualquier mejoría en lesiones medulares solo ocurría en los primeros seis meses.

El régimen fue extenuante. Tres veces por semana, durante 45 minutos, un estimulador eléctrico activaba los músculos de sus piernas para que pedalearan en una bicicleta fija. Cada dos semanas practicaba pasos en una pileta. Para intentar prescindir del respirador, trabajaba los músculos intercostales durante 15 minutos seguidos sin ventilación mecánica. También le implantaron un dispositivo electrónico para estimular los nervios frénicos (que enervan el diafragma) y forzar la entrada de aire a los pulmones.

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Cuando el periodista del BMJ le preguntó qué hacía cuando no tenía ganas de ejercitarse, respondió sin dudar: “Lo hacés igual”.

En los primeros años fue internado con frecuencia por neumonía, pulmones colapsados y fracturas. En 1997 estuvo a punto de perder una pierna por una úlcera de presión gravemente infectada. “Todo el entrenamiento, el ejercicio y la nutrición me mantuvieron fuera del hospital durante casi cuatro años y medio, mientras que en las primeras etapas me internaban frecuentemente. Eso no es manera de vivir”, dijo al BMJ en 2003.

En 1996, apenas un año después del accidente, Reeve apareció en la ceremonia de los Premios Oscar de la Academia. No pudo contener las lágrimas. El público tampoco.

En abril de 1997 debutó como director con In the Gloaming, un drama de HBO, nominado a cinco premios Emmy que ganó seis Cable Ace Awards, entre ellos Mejor Especial Dramático y Mejor Director. En 1998 actuó en Rear Window, versión del clásico de Hitchcock donde interpretó a un arquitecto paralítico. Por ese papel recibió una nominación al Globo de Oro y ganó el Screen Actors Guild Award al mejor actor en una película o miniserie de televisión.

Su autobiografía Still Me pasó 11 semanas en la lista de bestsellers del The New York Times y su grabación de audio le valió un Grammy al Mejor Álbum de Palabra Hablada en febrero de 1999. Su segundo libro, Nothing is Impossible: Reflections on a New Life, se publicó en 2002 y obtuvo una nueva nominación en la misma categoría.

En agosto de 2004, semanas antes de morir, terminó de dirigir The Brooke Ellison Story, un telefilme para el canal A&E, sobre una joven cuadripléjica que se graduó en la Universidad de Harvard. Se emitió el 25 de octubre de 2004, quince días después de su muerte.

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En paralelo a su trabajo artístico, Reeve convirtió el activismo en una segunda carrera. En 1999 asumió como presidente del directorio de la Christopher Reeve Foundation —rebautizada Christopher & Dana Reeve Foundation tras la muerte de su esposa—, que bajo su conducción se convirtió en la principal organización de investigación sobre parálisis de Estados Unidos.

Su gestión ante el Congreso contribuyó a que el presupuesto de los los Institutos Nacionales de Salud (NIH) pasara de 12.000 millones de dólares en 1998 a casi 27.200 millones en el año fiscal 2003. Impulsó la Ley de Investigación de Lesiones Medulares del Estado de Nueva York, que habilitó hasta 8,5 millones de dólares anuales para centros de investigación, y participó en iniciativas similares en Nueva Jersey, Kentucky, Virginia y California.

Una de sus batallas más visibles fue contra la restricción del presidente George W. Bush al financiamiento federal de investigaciones con células madre, impuesta en agosto de 2001. Al BMJ le dijo: “Ha sido devastador ver cómo el ritmo del progreso se ralentiza por la controversia política. Pensé que la esperanza de recuperación dependería de la ciencia. No anticipé que la política la afectaría tanto. Eso fue un gran golpe, un gran golpe”.

La actriz Jane Seymour, amiga de Reeve cercana, resumió su postura ante la revista estadounidense People: “Se negaba a creer que fuera imposible que las personas con lesiones medulares se recuperaran. Simplemente los abandonaban, y él dijo: ‘No. Vayan a hacer algo al respecto’”.

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Su compromiso con causas sociales venía de antes del accidente. Reeve era cofundador de The Creative Coalition, colaboraba desde 1976 con Save the Children y Amnesty International, y en 1987 viajó a Santiago de Chile para manifestarse en defensa de 77 actores amenazados de muerte por el régimen dictatorial de Augusto Pinochet. Por esa acción recibió un premio Obie especial en 1988. En septiembre de 2003, la Fundación Lasker le otorgó el Premio Mary Woodard Lasker al Servicio Público en Apoyo a la Investigación Médica.

El 10 de octubre de 2004, Reeve murió a los 52 años por una insuficiencia cardíaca desencadenada por complicaciones de una infección en una úlcera de presión. El 29 de octubre se realizó un servicio memorial en la Juilliard School con más de 900 asistentes. Hablaron Dana; sus tres hijos; su hermano Benjamin; Robin Williams; Glenn Close; Meryl Streep; el exsenador Tom Harkin; y Robert F. Kennedy Jr.

Dana continuó al frente de la fundación hasta que en agosto de 2005 le diagnosticaron cáncer de pulmón, pese a no ser fumadora. Murió en marzo de 2006, a los 44 años. En una carta a otros cuidadores que aún permanece en el sitio de la fundación, había escrito: “Después de que mi esposo Christopher fue herido, quedó claro que la parálisis es un problema familiar. Brindar cuidados a una persona paralizada es un trabajo que no siempre esperamos tener”.

Los hijo de Reeve continuaron su vida. Matthew narró el documental Christopher Reeve: Hope in Motion, nominado al Emmy en 2003. Alexandra se graduó de Yale, obtuvo su título de abogada en Columbia y hoy preside el Center for Democracy & Technology. Will, que era un bebé cuando ocurrió el accidente, hace 31 años, es periodista.

 

 

 

Con información e imágenes de Agencias

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