Opinión

Futbol. La broma

Futbol. La broma

El Jicote, Por: Edmundo González Llaca

Martes 7 de Julio de 2026

“Le quiero hacer dos preguntas -escribe a mi correo una amable lectora- Afirma que ha sido testigo de un buen número de mundiales de futbol. En su último artículo destaca las diferencias del deporte y del espectáculo de los que usted vivió y los actuales. Primera pregunta: ¿Las formas de demostrar la hospitalidad mexicana, son las mismas? Ahora, a nacionales y visitantes, sin discriminación, los lanzan al aire en medio de gritos: Quiere volar, quiere volar”.

Respondo. No, antes a los visitantes les enjaretaban un sombrero de charro y, en ocasiones, se abrazaba en forma atrevida a las mujeres. Ahora son más confianzudos, los mantean y, por lo que he visto en la televisión, festejan al presionarlos a comer comida mexicana picosa.

“Segunda pregunta. Siempre ha sido la costumbre de ilustrar a los visitantes con gritos majaderos. En el Metro que viajé les enseñaban para que en coro gritaran grosería y media”.

Respondo. No era costumbre ese método de instruirlos en coro a decir de groserías. La primera vez que lo vi fue en el último mundial en Dakar, donde un grupo de mexicanos aleccionaban a un grupo de árabes para mentarle su madre al glorioso América.

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Vale reconocer que ya no se puede escribir prácticamente de ningún tema, sin relacionarlo con lo que se contempla en un mundial de futbol, que es un fenómeno social complejo. Aquí me voy a permitir recordar una experiencia que tuve relacionada con esa extraña afición, de una buena parte de los mexicanos, de ejercer un magisterio de majaderías. Y con horror acepto que practiqué.

Mi doctorado lo hice en Francia, durante mi estancia viví en la Casa de México en la Ciudad Internacional Universitaria de París, que es un conjunto de edificios que son residencias estudiantiles de varios países. La Casa de México es una construcción que tiene en la fachada un amplio ventanal, detrás es un lobby realmente inmenso. En este lugar nos reuníamos los mexicanos y algunos extranjeros a compartir nostalgias y experiencias. Yo era un asiduo asistente al lugar, donde también jugaba ajedrez.

En una ocasión estaba en el lobby jugando ajedrez con un japonés recién llegado a la casa. Nos sorprendió la asistencia de un estudiante mexicano, que tenía fama muy bien ganada de ser un auténtico “nerd”. Alguien irónicamente le preguntó el motivo para que nos “honrara con su asistencia”. Nos platicó que estaba esperando la llegada de un primo que venía del norte de México, si mal no recuerdo de Torreón, y le ayudaría a llenar los formularios latosos de ingreso.

Al escuchar el motivo, otro de los asistentes, un estudiante mexicano, un auténtico fósil, pues ya tenía un tiempo viviendo en la Casa y era, además, quien mejor dominaba el francés, nos propuso hacerle una broma al huésped próximo a llegar. Lo escuchamos escépticos y curiosos. Nos explicó la idea, lo hizo en forma fluida y detallada, de seguro ya la había montado en otras ocasiones.

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Vale decir, que es una anécdota de la que no me enorgullezco, es más, después de leer la novela de Milan Kundera, que se titula precisamente: “La broma”, me invade un sentimiento de culpa y de vergüenza, aunque reconozco que, en el momento, tuve una animada participación.

El fósil nos explicó de lo que se trataba: le diríamos al japonés recién llegado, que era una costumbre en México darles la bienvenida a los nuevos visitantes, lo que representaba un gran honor. Al designado nosotros le enseñaríamos las palabras. No recuerdo exactamente el guion de recepción, lo que sí tengo memoria es que era desbordante de majaderías. Estuvimos de acuerdo con que fuera el japonés recién llegado a la Casa México. El fósil le explicó al estudiante oriental, de lo que se trataba, quien al escuchar que su designación representaba un gran honor que le queríamos hacer, de inmediato se paró e hizo múltiples reverencias; hasta interrumpimos nuestra partida de ajedrez.

El fósil le explicó las palabras que tenía que decir, mismas que el japonés, repetía en voz baja. Cuando consideramos que ya se las había aprendido, le pedimos que las repitiera en voz alta. Cada vez que lo hacía, obviamente con su acento oriental, nos atacábamos de risa, hasta que el mismo japonés nos preguntó que si él, al recibir al visitante, también se debería de reír. El fósil le explicó que no, que nosotros nos reíamos por otros motivos.

Emocionados, con maligna alegría y sonrisas infantiles ya dibujadas en los rostros, nos sentamos a esperar al primo norteño. El ventanal permite distinguir a los recién llegados, pues desde el lobby se pueden ver los diversos caminos a todas las sedes de la Casa Internacional.

Minutos después, que nos parecieron eternos, vimos a quien esperábamos. Era fácil distinguirlo, pues traía una elegante tejana, un abrigo y dos maletas, de seguro muy pesadas, pues se detenía a dejarlas en el piso y descansar. Lo que no dio suficiente tiempo para salir y esperarlo a unos metros de la Casa de México. Colocamos al japonés a la mitad del camino para llegar a la residencia estudiantil, el fósil y apuntador, tras de él, para recordarle las frases. Más atrás todos en bola y el primo anfitrión, todavía más atrás, para que su primo no pudiera adivinar que se trataba de una broma.

Al aproximarse a la Casa de México el visitante, al observar que el japonés le obstruía el camino, se detuvo y se le quedó viendo, el fósil le dio la señal al japonés que era momento de darle la bienvenida. Nuestro improvisado e ingenuo anfitrión dijo:

– ¡Hola¡ Buenos días, hijo de tu … madre. Bienvenido. Bienvenido. ¿Dónde están las pirujas de tu mamá y de tu hermana? Las extrañamos.

El recién llegado se quedó pasmado, a pesar de la dislexia del japonés, se entendieron la mayoría de las palabras. El primo, con énfasis en su tono norteño, habló:

– ¿Qué dijiste pinche chale?

El fósil que lo escoltaba le susurró que repitiera las palabras, las que en ese momento el japonés las dijo como auténtico locutor. El recién llegado soltó las maletas, se quitó ceremoniosamente la tejana y la puso encima de las maletas, se desabotonó el saco, cerró los puños y se dispuso a lanzarse sobre el japonés. Salimos corriendo, atacados de risa, a interponernos y detenerlo. El recién llegado estaba tan furioso, que tuvo que salir de atrás su pariente -y verdadero anfitrión- para pedirle que se calmara; que se trataba de una broma.

La broma

El japonés, confundido y aterrado, preguntaba sobre el motivo de la evidente reacción violenta del recién llegado, si él había dicho con puntualidad las palabras que le habíamos enseñado. El fósil le explicó que el recién llegado era de una parte de México, en el que esas palabras en ocasiones son mal entendidas. El japonés no quedó muy convencido de la explicación. Lo cierto es que, durante toda su estancia, tanto el norteño como el japonés, siempre se vieron con recelo.

El país se ha politizado y polarizado, la atmósfera es propicia para las ofensas verbales. La pedagogía de las majaderías y el gusto porque los extranjeros compartan en voz alta los odios nacionales, se ha convertido en un auténtico rasgo del carácter social de un buen número de mexicanos. Ahora, se ha aumentado y diversificado el padrón de las víctimas, ya no es un equipo de futbol, es el expresidente, la Presidenta y Morena los blancos favoritos. Lo que, por cierto, a los nombrados, algo les debería de decir. Como diría Maquiavelo: “Si siembras cicuta no pretendas cosechar espigas”. En términos coloquiales, si siembras vientos de broncas, cosecharás tempestades de injurias.

Concluyo. Estas son mis particulares respuestas. Gracias por leerme.

Edmundo González LlacaLas opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión del Portal que lo replica y pueden o no, coincidir con las delos miembros del equipo de trabajo de Okey Querétaro., quienes compartimos la libertad de expresión y la diversidad de opiniones compartiendo líneas de expertos profesionistas.

 

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