Opinión

Futbol. Mi consuelo

Futbol. Mi consuelo

El Jicote, Por: Edmundo González Llaca

Martes 14 de Julio de 2026

Grandes beneficios reivindicamos quienes tenemos el privilegio de someter a la consideración de la opinión nuestros textos o intervenciones públicas. Por mi parte yo doy gracias tanto a las críticas, como a la posibilidad de conocer a las personas que me critican.

Quien escribe o habla para la gente hace un strip-tease de su ideología y de su personalidad, pero también al pasarle el soplete a las palabras escritas o habladas, el crítico también se desnuda.

Uno de los juicios y descalificaciones que más se me asestan es: eres muy anecdótico. Y sí, lo soy, cuando acepto la sentencia, también puedo reconocer que el lector o el asistente a la reunión pública somos diferentes. Tenemos otras formas para aproximarnos a la verdad. Mi crítico confía en los razonamientos, yo en la emoción. No me siento a gusto en lo marmóreo de la dialéctica, me gusta y me divierte, lo emocionante de las circunstancias y los actores.

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¿Por qué tengo filia a las anécdotas? La anécdota es la síntesis real de un pensamiento complejo; el hecho verídico que nos ilustra toda una teoría o nos describe una realidad. Con dos ventajas: en forma más amena y con el despliegue de la sabiduría en una acción concreta. Se exorciza así, por medio de la anécdota, el fantasma que se cierne sobre todo pensamiento profundo, en apariencia frío y complicado, y convierte al filosofar en el quehacer más natural, vital y cotidiano del ser humano. Sin más cotorreo paso a la anécdota que hoy recuerdo como consuelo ante la derrota de México en el mundial.

George Sand, la escritora francesa, conocida por su obra y sus diversos romances, ya siendo mayor fue al correo a enviar un telegrama. En esa época del siglo XVIII, la gente no estaba muy familiarizada con este medio de comunicación. Sand tiene problemas para llenar el formato y se le acerca un anciano quien le ayuda. Al terminar de escribir el telegrama, ella le da una propina.

Al salir de la oficina de correos, Sand le pregunta al portero de la entrada quién era ese hombre mayor que le había ayudado. Le da el nombre de ese hombre mayor. Ella no puede creerlo, le pide al portero que se lo repita y él lo hace. Lo contempla sentado, esperando otro cliente, finalmente lo reconoce. Se trataba ni más ni menos de uno de sus primeros amoríos, con quien en su juventud había vivido un tórrido romance, incluso se habían tratado de matar, como no se atrevieron, discutieron la posibilidad de hacer un pacto suicida.

Mi consuelo

Lo contempla una y otra vez; reconoce sus rasgos, su mirada ya sin el fuego de la pasión. Después escribe, palabras más palabras menos.

“La desgracia de la vida no es el sufrimiento; la desgracia no es la derrota ni el desapego. La gran desgracia de la vida es ya no sentir nada”.

Me preguntan mis amigos, si no me dolió hasta lo más profundo la derrota de México ante Inglaterra; confieso que sí, absolutamente. Pero también pienso que todavía sigo siendo un afortunado, en todos los juegos de la selección he sufrido, me he enfurecido, he gritado de alegría, me he deprimido y ahora hasta he hecho pucheros. Pero me he divertido, he interrumpido mi rutina; he sentido con toda su fuerza los latidos de mi corazón. No sentir es la muerte adelantada. Gracias, gracias, sigo sintiendo: ¡Estoy vivo!

Octavio Paz no se puede lamentar, pues en mi caso no aplica cuando escribe: “El olvidado asombro de estar vivo”. Gracias futbol.

 

 

 

 

 

 

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