Opinión

“Rosarios al ángel de las torcidas”: cabaret, ritual y escena expandida

 

“Rosarios al ángel de las torcidas”: cabaret, ritual y escena expandida

*Por Ofelia Muñoz Catalán, gestora cultural

Rosarios al ángel de las torcidas se configura como una experiencia escénica donde el teatro cabaret encuentra una de sus formas más contundentes de expresión contemporánea – su articulación estética y discursiva-, propone una resignificación de lo ritual es de la disidencia, construyendo un espacio donde lo simbólico, lo performativo y lo político convergen.

Este cabaret apuesta por una atmósfera íntima y cuidadosamente construida, el uso de luces cálidas y contrastes cromáticos intensos (rojos y verdes) genera una tensión visual que dialoga directamente con el contenido de la obra.

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La iluminación no sólo cumple una función estética, sino que delimita un espacio casi ceremonial, donde cada elemento adquiere una carga simbólica específica.

Destaca particularmente la presencia de un altar, dispuesto con veladoras e imágenes, que remite de inmediato a prácticas devocionales tradicionales, sin embargo, en el contexto del montaje, este es resignificado:

Deja de ser únicamente un objeto de contemplación para convertirse en un dispositivo performativo que enmarca la acción y refuerza la dimensión ritual de la obra un interaccionismo dialéctico entre lo sagrado y disidente. Aquí diría Bernardo Barranco: Sacro y Profano.

La figura en escena, Tina, se presenta no como un personaje en sentido convencional, sino como un operador escénico que activa y articula la experiencia performativa así, su presencia desborda la lógica de la representación para situarse en un territorio liminal:

Tina es, más que una construcción ficticia, el alter ego del actor, un dispositivo vivo que media entre el texto, el cuerpo y el espectador. Situada frente al micrófono y en contacto directo con el público, activa con precisión los códigos del cabaret: cercanía, interpelación y ruptura de convenciones.

Su corporalidad y su manejo del ritmo sostienen la escena desde una dimensión que oscila entre lo íntimo, lo sensual y lo político.

El vestuario —con una estética deliberadamente transgresora (para la mirada de la comunidad de la vela perpetua)— refuerza esta noción de identidad expandida, mientras que el uso de plataformas, transparencias y siluetas definidas enfatiza el carácter performático del cuerpo como territorio de enunciación.

El montaje también hace uso de recursos mínimos pero sustantivos sería un campo semántico para la disidencia cuando los objetos hablan, entre ellos: una bocina portátil, cables visibles, estructuras sencillas para iluminación.

Esta economía de elementos no limita la propuesta; por el contrario, potencia su carácter directo y frontal, propio del cabaret, donde la palabra, el cuerpo y la presencia escénica son los ejes centrales.

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Desde la gestión cultural, resulta fundamental reconocer este tipo de propuestas que, más allá de lo espectacular, construyen experiencias significativas a partir de la cercanía con el público y la resignificación de códigos culturales profundamente arraigados porque Rosarios al ángel de las torcidas confirma la vigencia del cabaret como un espacio de resistencia estética y política.

Su montaje ofrece una experiencia que trasciende lo teatral para convertirse en un acto de enunciación colectiva.

Ante ello, cabe preguntarse: ¿qué lugar estamos dispuestos a reconocer —o a seguir negando— a las identidades de la comunidad LGBT+ cuando irrumpen no sólo en el escenario, sino en los imaginarios culturales y espirituales que históricamente las han excluido?…

 

*Gestora cultural, catedrática e investigadora de patrimonio cultural.

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